¿Crees que las personas felizmente casadas simplemente tienen “suerte” con su pareja? Olvídalo.
El secreto principal no está en el romance ni en la compatibilidad, sino en lo que no se habla en los entrenamientos.
Esto es algo tan simple que muchos lo ignoran y prefieren buscar fórmulas complejas.

Pero la respuesta está en la superficie: basta con dejar de luchar por lo que es correcto y empezar a... jugar.
Lo primero que debes recordar es que el matrimonio no es una competición. Las parejas que han permanecido unidas durante años han aprendido a convertir los conflictos en una broma, no en una guerra.
En lugar de guardar rencor por calcetines tirados o platos sucios, encuentran absurdo en las nimiedades cotidianas. La risa alivia la tensión al recordarte que todavía son un equipo y no adversarios.
Otro detalle son los rituales, que desde fuera parecen ridículos. Por ejemplo, una canción tonta antes del desayuno o un baile obligatorio bajo la lluvia. Estas pequeñas cosas crean un “lenguaje” que sólo ustedes dos entienden y fortalecen el vínculo.
Es imposible no mencionar la posibilidad de “apagar” el modo adulto. Las parejas felices se permiten ser tontas, ingenuas y espontáneas.
No tienen miedo de hacer el ridículo porque confían el uno en el otro.
Y también saben permanecer en silencio. No en el sentido de silenciar los problemas, sino de darle a tu pareja espacio para el mal humor, el cansancio o el silencio.
A veces el mejor apoyo es simplemente estar ahí, sin consejos ni moralizaciones.
Pero el secreto principal sigue estando en una sola palabra: “gracias”. Gratitud por él lavando la taza, por ella comprando su dulce favorito, por el hecho de que sobrevivieron otro día juntos.
Estas microconfesiones evitan que el “sentimiento de costumbre” mate al amor. Dejas de dar por sentado al otro, lo que significa que no olvidas cómo apreciar al otro.